Hubo una época en la que, si una persona tenía ganas de hablar con otra, se acercaba y cuando estaba lo suficientemente cerca como para no tener que gritar y lo suficientemente lejos como para no tener que susurrar, comenzaba, sin más, el diálogo.
¡Qué tiempos aquellos!

¿Me la saludas un ratito?

Los temas eran los mismos de siempre sexo, religión, política, economía, deportes, artes. En ese orden, en cualquier orden.

El interlocutor podía aceptar el diálogo o abandonarlo con cualquier excusa. “Estoy yendo a una entrevista y llego tarde”, “Me voy a ver como Crucifican a ese flaco, … Jesús, en un rato vuelvo”.

Denle algo de comer POR DIOS!

Eventualmente podía sumarse más gente al diálogo y desvirtuarlo o acapararlo una persona y convertirlo en un monólogo o en un discurso.

Como ven las posibilidades eran infinitas, pero había una constante. Cuando las personas tenían ganas de hablar hablaban, sobre lo que tenían ganas, con quienes tenían ganas y sino permanecían lejos sin emitir sonidos.

Pero entonces vino gente que dijo “No, No y No!!! Esto no puede ser así”, “Tenemos que obligar a la gente a que hable siempre, no sólo cuando tienen ganas”, “Tenemos que obligar a la gente a hablar con todos, no sólo con los que tienen ganas”.

Pero ¿quiénes eran estas personas?

Evidentemente era gente que quería que hablemos aunque no tuviéramos nada para decir. Esa clase de gente que te dice “Decime qué te pasa”, y si no decís qué te pasa, aunque no te pase nada, no te deja en paz, tenes que decir algo sino “estás enfermo o no sos el mismo de antes”.

Evidentemente era gente a la que le gustaba hablar, pero más que nada que no tolera el silencio. “Alguien tiene que decir algo”. Van por la vida buscando con la ametralladora de la locuacidad, antes que con el rifle del pensamiento. Esta gente no sabe que nadie ganó el premio Nobel comprando 1000 máquinas de escribir y 1010 monos (por sí se muere alguno).

Loco, denme una computadora!!

Evidentemente eran … bueno, saquen ustedes sus propias conclusiones, no quiero que me acusen de misógino.

Tenían que imponer esto. No podían legislarlo, no podían legislar tamaña boludez.
Debían imponerlo mediante leyes más informales, mediante las ya mencionadas por el Ermitaño, buenas costumbres.

Las madres fueron enseñando a sus hijos que cada vez que se cruzaran con un conocido y, en ciertas cirscunstancias con un desconocido también, debían saludarlo. El que no lo hiciese sería “un maleducado”, algo así como un Noel Gallagher sin onda, un bajón.

Viva la vida

En el saludo hay una conversación implícita, al menos una pequeña. Uno no puede saludar y ya. Tiene que decir algo aunque no tenga nada que decir.

El saludo nos estresa. Cada vez que vamos por la calle tenemos que observar a la gente a nuestro alrededor, no sólo para ver si nos van a robar el celular o nos pueden cambiar dólares, sino para determinar si son lo suficientemente desconocidos como para no saludarlos.
Mientras tanto pensamos “¿Y él me saludará?”

Si la relación cae en una zona gris donde ninguno de los dos tiene claro si saludar o no a la otra persona, se pueden dar alguna de las siguientes situaciones:

  • Él saluda, yo no: Quedo como un garca.
  • Yo saludo, él no: Quedo como un boludo.
  • Ninguno saluda: Pacto de silencio.
  • Los dos saludan: Relación por conveniencia.

Nadie quiere quedar como un garca o un boludo. El Pacto de silencio es lo ideal, los dos miran para el costado y listo. La relación por conveniencia no nos deja mal parados pero después viene lo peor: “¿Ahora de qué le hablo?“.

Ojo, somos profesionales y estamos acostumbrados a remar conversaciones con minas, por sexo. Tengo el premio Guiness, puedo hacerlo por días enteros, desafíenme. Pero distinto es tener que exponerme a eso con un flaco con el que curse… ¿algebra II? y no me acuerdo ni el nombre. Además no tiene buen culo.

En el tren es peor. Vas por Avellaneda, el pibe se subió en Constitución, se sentó al lado tuyo, ninguno de los 2 tiene nada más que decir y viajan hasta Ezeiza!!! Que se suba Paenza, “¿Matemática estás ahí?”.

Y ese microfono??

Y cuando no hay nada que decir, los baches son cubiertos con hipocresía, con frases hechas: “Nos estamos viendo”, “Llamame”, “Tenemos que arreglar”, “Saludos a la Flia”. Entre líneas se lee “Ojala que no me lo encuentre más, gracias a Dios terminó esta tortura”.

El saludo nos obliga a hablar, pero como no tenemos nada que decir, nos obliga a mentir, nos obliga a impostar.

Las mujeres le dan mucha importancia al saludo: “Ayer Nati te vio en el Shopping y dice que no la saludaste”, te increpa tu novia. “¿Pero si me vio por qué no me saludó ella?” pensás vos.
“El sábado te conectaste al msn y no me saludaste”, “Pero no tenía nada que decir”.

Una vez le pregunté a una secretaria cual creía ella que era el mejor empleado del sector. Me dijo “X, porque cuando llega pasa box por box saludando a todos”. X llegaba a las 10 y se tomaba una hora para saludar a todo el mundo y otra para desayunar; después a almorzar. Era el que menos trabajaba. Trabajaba menos que yo!

¿Cómo voy a saludar a toda la gente del sector? Son 100 personas. Tendría menos posibilidades de contagiarme gérmenes si me escupe el Chino Benítez.

Ahora si que brilla esa pelada

El saludo es otro triste símbolo de status social. Cada vez que paso por las oficinas de los jefes “tengo” que asomarme a saludar. Pocos me contestan. Ellos pueden no saludarme, yo, el lacayo, no.
El saludo desnuda el servilismo social. Los empleados de más bajos rango, los de seguridad, los de limpieza. Se matan, literamente, por saludar a los Directores, a los Gerentes, por abrirles las puertas, mientras que a mí me la echan en la cara.
¿Es de buena educación saludar? ¿Esto es de buena educación? NOS ESTÁN
FALTANDO EL RESPETO.

Did you like my bombs?

Esto del saludo da para mucho.

La gente que llama para saludar. Atendes el teléfono y luego de 1 minuto, cuando te das cuenta que la conversación no va a ningún lado y le preguntas “Decime ¿para qué me llamaste?”, te contesta “No, llamé para saludar“. Hubieras llamado a Luisa Delfino, al 911 si estabas a punto de suicidarte, no a mí. No te quiero ayudar a ayudarte. Después hay que cerrar la conversación, hay que matarla y es un trabajo. Las conversaciones no terminan solas y si terminan solas peor, es muy incómodo.

Basta de saludos. Acerquémonos a la gente cuando tengamos algo que decir.
No forcemos el diálogo.
Economicemos las palabras, nos pueden servir más adelante.
Pensemos más, hablemos menos y mejor.
Mejor me callo.

Hoy no mando saludos.
El Beduino.

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