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Hubo un tiempo en que en las vidrieras de los locales había productos, los productos que se vendían en el local, y en que cada producto tenía su precio.

Hoy parece increíble pero era así, enserio, créanme.

Uno pasaba por un local de ropa y la vidriera estaba llena de … ropa!

Remeras, calcetines, bombachas, jeans, medias, a lo sumo ponían un maniquí pero no mucho más, y todo con su correspondiente precio.

El proceso, ya en desuso, era más o menos así: Uno pasaba caminando, veía algo que le gustaba, tomaba nota del precio y si el mismo no le parecía excesivo  entraba al local a comprarlo.

Podía tener una duda o dos, con respecto al talle, al color, pero en general uno entraba al local sabiendo que iba a comprar y a que precio.

Con el tiempo las vidrieras dejaron de tener precios. El pionero seguramente fue algún genio del Marketing que al ver que a su local no entraba mucha gente decidió, en lugar de modificar las dos variables del negocio: productos y precios, esconderlas

Se ve que la treta resultó porque muchos la copiaron. El problema es que hay gente como yo, a la que no le gusta entrar a los locales si antes no ve los precios, porque supone que el local debe vender caro (¿Y sino para que esconde los precios?) o que cuando lo consulte dentro, el vendedor inventará un precio sopensando nuestro nivel de ansiedad, de desesperación, de emoción, sopensando nuestro status social y económico, en definitiva “Viéndonos la cara”.

El paso siguiente para atraer a los clientes que no se entusiasmaban con los productos fue sacar de la vidriera los mismos productos. Ya no hay productos, ni siquiera el maniquí, al que por otra parte le cortaron la cabeza, hay un auto, pero el negocio vende ropa, hay una cabina de teléfonos inglesa, que encima no funciona o no te la quieren dejar usar, hay una foto, pero que no muestra nada relacionado con la marca, algo así como el equivalente comercial a comprar un portarretrato y dejarlo en el living con la foto de la pareja, tan feliz como anónima, con el que vino.

Uno tiene que entrar al negocio, sin saber muy bien de que se trata, ignorando si los productos que vende le van a gustar y si va a poder pagarlos.

El local es una especie de Cabaret, uno lo conoce por la marquesina, por los rumores, por las recomendaciones, por el boca en boca (esta vez sin Herpes), pero desde afuera no se puede ver nada, apenas una puerta tapada por un patovica.

Lo curioso es ver como este proceso de quitar productos y precios se duplica ahora dentro del negocio.

Primero todos los productos dentro del negocio tenían precios, ya no, ahora casi ninguno. Uno tiene que agarrar el producto, acercarse al vendedor y rogarle que nos “Mire la cara”, el problema es que el vendedor está muy ocupado viéndole la cara a otros 15 o 20 idiotas.

Ahora comienzan a desaparecer los productos y los locales son cada vez más grandes, lo que hace que el contraste sea mucho mayor.

¿Para qué quieren 500 m2 cuadrados sin van a poner 2 buzos, 3 pantalones y dos cajas de municiones de la Segunda Guerra Mundial vacías? Uno lo entendería si se pudiera jugar al fútbol, pero ni intenten patear las pelotas que ponen en exhibición, se los digo por experiencia.

A veces los productos no son pocos, pero son todos iguales, lo que escasea es la variedad.

Una de las paredes de un local, por ej., puede estar ocupada solo con remeras negras, que difieren entre si por detalles casi imperceptibles. En la pared de enfrente pasa lo mismo pero con remeras rosas. Uno piensa “Pobre Rayman, en EEUU se tuvo que dedicar a contar cartas, pero acá hubiera conseguido un trabajo digno en Gola o Etiqueta Negra”.

No quiero locales grandes, minimalistas, quiero chocarme con otros compradores, probarme la ropa mientras me tapan 2 gordas para dejarla tirada sin culpa hecha un bollo después,  poder irme sin que se note, sin tener que dar excusas y si es posible robándome una prenda o dos.

Tampoco quiero 100 remeras blancas iguales, ¿Saben lo que tardo en decidirme entre 100 remeras blancas iguales?, pongan una, a lo sumo dos, sino me taro. Mi cerebro compara la primera con la segunda, la primera con la tercera, la primera con la cuarta, y cuando llegó a la 100 me olvidé de todas las comparaciones anteriores. Encima me decido por la 46 y resulta que justo de esa no hay talle. Lpmqlp!!!!!!!!!!!

Ya sé lo que me van a decir, que “los locales lo que intentan hacer es vender una experiencia, después el producto se vende solo”. ¿Pero qué producto?, Si no hay, ¿Y qué experiencia? ¿La de sentirse Pérdido?, ¿Angustiado?, ¿Avergonzado?,  ¿Vigilado?, ¿Juzgado?, ¿Humillado? ¿Por qué entonces no sacan la foto de Usain Bolt y Luisana Lopilato y ponen la de Lenin y Troski?

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