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El jueves me tocó caminar por Av. De Mayo al volver del trabajo hacía mi casa. Cuadras y cuadras de cola heterogénea, de gente esperando poder despedirse de Néstor Kirchner: jóvenes, viejos, trabajadores, estudiantes, la mayoría Argentinos, pero también muchos con camisetas de Chile, de Bolivia, de Paraguay.

De los tantos Hostels que hay en Av. De Mayo salían extranjeros que se detenían y miraban sorprendidos. Extranjeros de países centrales, fríos, en donde los rostros son más pálidos, en donde esta clases de funerales, a líderes políticos, ya no se ven hace años.

Los extranjeros se detenían sorprendidos y miraban tratando de llevarse en los ojos todo aquello que estaban seguros no iban a volver a ver.

Algunos debía pensar “Quisiera que esto pasará en mi país”, otros “Quisiera que esto no pasará en mi país” y la mayoría  seguramente algo intermedio.

A mí me sucedía algo parecido, más allá de las banderas, por momentos me sentía orgulloso de ver tanta pasión, tanta efervescencia en mi país, por momentos el espectáculo me resultaba demasiado pintoresco, con las viejitas de duelo, llorando desconsoladas con el rosario en la mano, casi digno de una novela de García Márquez y sentía un poco de vergüenza.


A diferencia de lo que suelen pensar muchos, La Vergüenza y El Orgullo no son sentimientos tan lejanos como parece, son prima hermanas, y no de esas primas hermanas que apenas de conocen, son de esas primas hermanas que juegan al doctor y se dan besitos en la boca.

Yo ya había experimentado esta extraña mezcla de  Orgullo y Vergüenza varias veces, viajando por el mundo. Cuando alguien te reconoce como argentino en el extranjero, enseguida te pregunta por Maradona y ahí viene la catarata de emociones. Vos ves que El Noruego se ríe (yo le digo El Noruego a todos los extranjeros de Alemania para arriba) y enseguida pensas “Esta recordando las gambetas, los caños, los piques, los goles” y te sentís orgulloso de que Maradona represente Argentina, pero enseguida te das cuenta que puede estar riéndose por sus declaraciones fuera de lugar, por su forma de ser tercermundista, por sus dopings, por sus épocas decadentes, por los momentos de obesidad mórbida, por sus mechones, por sus excesos y si, sentís vergüenza.

Siempre contesto con evasivas, porque nunca supe lo que piensan Los Noruegos de Maradona, no tengo la máquina de leer pensamientos y si la tuviera de seguro que piensan en noruego así que no entendería nada. Además preferiría saber que piensan las Rusas de Sexo. Eso me intriga.

La Cuestión es que nunca pude sentirme del todo Maradoneano. Lo quiero mucho a Diego, lo respeto, lo defiendo si es necesario, pero no me siento cómodo con esa idolatría talibana que genera y casi demanda.  Soy demasiado analítico quizás,  demasiado rebuscado y no puedo dejar de mirarle las manchas al Tigre … si ya sé, la celulitis en las chicas la dejo pasar, pero es casi por una cuestión sanitaria.

De todos modos Los Maradoneanos, con su discurso monolítico, con su gran pasión para defender a su referente, con esa idolatría inoxidable, con ese sentimiento que parece reinventarse eternamente, cada vez de forma más original, siempre me despiertan una sonrisa.

Algo parecido me pasa con Kirchner. Y no es que Kirchner sea Maradona, tal vez no sea ni siquiera el Beto Alonso o Garrafa Sánchez, tal vez no haya espacio para un Maradona en un juego tan complejo como suele ser la política.

Los seguidores, los fans, los Kirchneristas, me invitaban a La Plaza con los ojos inyectados por la pasión (alguno también se había fumado un porro) y me enumeraban sus goles, sus apiladas, sus gambetas.


Yo asentía escéptico, pero no podía dejar de ver las manchas, algunas reales y otras puestas con Photoshop por algún  fotógrafo poco amigo, que ellos regiosamente ignoraban.

Festejo ese amor, porque hay que festejar el amor aunque uno no esté enamorado.  Ojala el día nosotros nos enamoremos y sean los otros los que se preocupen, porque la chica nos está usando, porque no nos damos cuenta que es fea o porque tiene a Moyano dentro de su parentela.

Tal vez seamos demasiados cínicos para enamorarnos.

Tal vez nuestro destino sea quedarnos en nuestras casas pensando, mientras los otros hacen grandes colas bajo, “¿Que mierda pensaran Los Noruegos de Maradona?”.

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